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25/09/2012 kaosenlared Pepe Gutiérrez-Álvarez

Heriberto Quiñones, una tragedia comunista

     La lucha de la memoria contra el olvido tiene muchos, muchos nombres. Uno de ellos, y muy especial, es el de Heriberto Quiñones, sobre el que se ha efectuado alguna que otra referencia... La lucha de la memoria contra el olvido tiene muchos, muchos nombres. Uno de ellos, y muy especial, es el de Heriberto Quiñones, sobre el que se ha efectuado alguna que otra referencia a algunas de las necrológicas dedicadas a Santiago Carrillo que fue su camarada, aunque parece ser que no mucho. Su historia recuerda novelas como La orquesta roja de Gilíes Perrault, de la que guardo la traducción que Javier alfada hizo para Laia, Barcelona, 1974, pero que los lectoras podrán encontrar otra más reciente en Txalaparta.  Casi como la trama de Leopold Trepper, la de  Quiñones  tienen una potencia de historias como la de Ignace Reiss, contada por su compañera Elizabeth Poretski en Los nuestros, entre otras cosas porque todo fue cierto.
Quiñones nació en 1907 en Moldavia pero no se llamaba para nada como decía, ni  nunca  desveló su verdadero nombre. Sí se sabe que llegó a España en 1932 como dele­gado de la III Internacional en su fase más izquierdista y enloquecida (Stalin había dictaminado que la socialdemocracia y el fascismo no eran adversarios sino hermanos gemelos), pero lo suyo no era la reflexión teórica. Como otros muchos militantes anónimos de la época, como Jan Valtin, Quiñones desarrolló su misión militante sucesivamente en Astu­rias, Valencia, Mallorca, Menor­ca, Cataluña y Madrid. Políglo­ta y revolucionario de oficio, fue un  sin patria experto  %u2014usó mu­chas identidades y acentos%u2014 amén de un agitador heroico y despótico en nombre de la revolución. Alguna vez argumentó contra un adversario que no entendería otra razón que el plomo, dando muestra de la fe del carbonero, como cuando en 1934, afirmó que "el régimen sovié­tico terminaría con el hambre, la miseria y la opresión".
Fue un exponente de la buena fe de muchos militantes excepcionales que representaron los que Isaac Deutscher llamaba “el heroísmo burocrático”; estaban dispuestos a morir por unas ideas que no se atrevían a discutir.
Durante los años treinta, A Quiñones, fue detenido  muchas veces, hasta que enfermo carcelario de tu­berculosis, se le anticipó la trage­dia cuando en 1936 fue ejecuta­da por los militares rebeldes su compañera, la también mítica dirigente comunista mallorquina Aurora Picornell, que estaba em­barazada; ambos tenían una hi­ja, Octubrina Roja, que la ver­dad católica del franquismo re­bautizó como Francisca. Quiñones fue fusilado en Madrid en 1942 por la dictadura de Franco,  después de ser detenido por sus actividades por recomponer una resistencia que la dirección del partido había dejado para la tropa. Se sabe lo llevaron al paredón atado a una silla, paralítico, con la co­lumna vertebral rota por las tor­turas. Sólo movía la cabeza, los ojos y la lengua y en la tapia gritó: "Viva la Internacional".
Pero lo más terrible de todo esto es que el partido por el que lo había dado, le denostó durante décadas, lanzó el fuego de la sospecha sobre su verdade­ra personalidad y le censuró por "aventurero, audaz y sin escrú­pulos", en su actuación para re­organizar en la inmediata pos­guerra a los comunistas supervivientes, para socavar el nuevo ré­gimen que había derrocado a la República.
Afortunadamente existe un trabajo muy importante de recuperación,  la obra del historiador David Ginard, Heriberto Quiñones y el movimiento comu­nista en España (1931-1942), publicado Compañía Literaria-Documenta Balear, Palma- Madrid, 2002%u2026En sus densas páginas, Girad  traza el perfil y la peripe­cia política del controvertido novedad la reconstrucción de la detención, declaraciones policia­les, material de la organización clandestina y la causa del conse­jo de guerra contra quien fue máximo dirigente interior del PCE. Paul Preston escribe en el pró­logo que "el libro se lee como una novela de espías" y afirma que Ginard "ha iluminado uno de los mayores misterios de la historia española de los años 30 y 40".
Página a página, el estudio de Girard  nos permite acercarnos con concreción a la vida de uno de aquellos cuadros "de tercer orden" de la Interna­cional comunista, un moldavo cuyo ver­dadero nombre ni se sabe, cuyo lugar exacto de nacimiento se presume, al que el franquismo atormentó como a Cristo por el intento de reconstruir el Partido comunista en el interior de España, y al que ese propio partido cubrió después de oprobio. La fluidez de la escritura de Ginard só­lo es posible tras un meticuloso trabajo de investigación que ha combinado testi­monios orales y un trabajo en archivos y hemerotecas muy notables con una muy sólida implantación conceptual: no sólo ha obtenido muchos datos sino que su mirada es inobjetable.
Ginard  se atiene escrupulosamente a los hechos. Relata las actividades de Qui­ñones en España con cierto detalle duran­te la guerra civil. El personaje no resulta simpático pero sí muy notable: parece una persona políticamente informada pe­ro probablemente sectaria; una persona, además, muy segura de sí misma, y en más su tarea política. Se negó a irse de España y siguió luchando en las condi­ciones que imponía la derrota en la gue­rra civil.
Se sabe que el PCE afrontó muy mal el final de la guerra. Probablemente en Asturias y en los Pirineos se ocultaron armas para la resistencia guerrillera. En cambio, el pa­se del partido a la clandestinidad no fue algo organizado u ordenado sino más bien un sálvese quien pueda. En estas condiciones, sin recursos, e inicialmente sin contacto con el exterior, entrando y saliendo de cárceles, Quiñones intenta recons­truir el aparato del partido prime­ro en Valencia y luego en Madrid. El instructor de la Internacional sabe cómo hacerlo, muy modesta y pacientemente, conociendo al dedillo las reglas de la clandesti­nidad.
La trama de los hechos centrales se sitúa en los años que corren en­tre el pacto germano-soviético, que tal vez Quiñones no aprobó, y lue­go la guerra mundial. En este am­biente, a Quiñones le llega propa­ganda comunista editada en el exilio. La línea del partido sigue siendo el restablecimiento del go­bierno de Frente Popular con Negrín al frente. Quiñones cree necesaria una alianza política más amplia y flexible y se anticipa a formular e imponer por cuenta propia, a través del pequeño núcleo dirigente que ha estable­cido en Madrid, una política de "Unión Nacional". Esta importante disidencia, que él atribuye a la falta de información de los dirigentes exiliados sobre la situa­ción en el interior del país, será más ade­lante motivo de que la dirección comu­nista calumnie su memoria tratando de presentarle como un "agente británico".
Hay algo de buen cine en la descripción que nos ofrece Ginard. Las elipsis las llena la cabeza del lector, a quien le corresponde atar cabos y juzgar. No deseo describir aquí lo me­jor del libro, que es, sin embargo, un te­rrible descenso a los infiernos. Sólo ex­presar mi admiración por el comporta­miento de Quiñones ante la policía fran­quista: no le da nada de dónde tirar. Gi­nard transcribe en su libro documentos que hablan por sí mismos; también fotos, elocuentes como la verdad. El libro se cie­rra el libro transcribiendo un documento de infamia, un editorial de Nuestra Ban­dera de 1950, atribuido a Carrillo. Otra historia más%u2026

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